Ver lo que sobra y no lo que falta
Escuchar los avatares de las personas
sirve, por lo general, para evidenciar su mundo de faltas, de carencias
personales, todo un inventario de lo que creen no tener: “Es que no tengo
suficiente autoestima. Lo que me falta es más confianza en mí. Si tuviera más
tranquilidad. Si no fuera por esto o por lo otro. A ver si encuentro una
pareja. El día que encuentre trabajo…”. Todos son comentarios sobre lo que no
se tiene, lo que se perdió o lo que debería haber sido y no fue. Todo se basa
en lo que no existe, lo que falta aún o lo que ya no se tendrá nunca.
Que en la vida nos puedan faltar cosas es
una perspectiva, incluso motivadora para alcanzar nuestros propósitos. No lo
tengo aún, pero lo quiero. No obstante, de lo que aquí se trata es de aquellas
creencias que, como sentencias, sostienen el concepto y la imagen que tenemos
de nosotros mismos. Para algunas personas se trata de un retrato carencial,
basado en la falta de posibilidades, capacidad y merecimiento. Viven creyéndose
necesitadas, incapaces y con poca autoestima.
Otras personas, en cambio, utilizan la
carencia como eslabón perdido en su imagen de perfección. Son autoexigentes,
tendentes al enfado por una nimiedad, algo hinchadas de ego, por no decir
narcisistas, excesivamente susceptibles a la crítica y amargadas, por supuesto,
porque a las cosas siempre les falta ese puntito. Al final, unas y otras
escapan del vacío carencial, de la insatisfacción penetrante, a través del
espejismo idealista, de la ilusión de que llegará ese día, como la lotería, que
se encontrarán con todo lo que les faltó, con todo lo que algún día soñaron con
poseer. Ignoran la trampa: aprenden a vivir en la falta y no en el deseo de lo
que tienen.
Los relatos sobre nuestras faltas parten de
un supuesto anómalo. Pongamos el caso de la persona eternamente enamoradiza.
Quien ama así no conoce al amor. Conoce el buscarlo. Conoce el desearlo. Conoce
el vacío de su inexistencia. Conoce el eterno retorno al amor vivido, pasado,
perdido. En cambio, no sabe amar. No ha permanecido en el amor. No ha convivido
amorosamente. Por eso cree que le falta y que, de encontrarlo, toda su dicha
sería completa.
ANNA PARINI
Cuando la atención la ponemos en las
carencias, no hay más que una comparación tramposa. Miramos al que más tiene y
no al que menos. En la comparativa social preferimos parecernos a los más
opulentos. Y eso nos mete de lleno en la necesidad. No se nos ocurre, por
ejemplo, gozar del privilegio de abrir un grifo y disponer de agua caliente, aspecto
del que carecen millones de personas del planeta. ¿De qué nos sirve la
comparativa? ¿Es para valorar y merecer más lo que tenemos o, por lo contrario,
para desmerecernos por lo que no poseemos?
El tener y el no tener están en realidad en
nuestra mente. Dependen exclusivamente de la dialéctica mental, de los
discursos o debates que tenemos con nosotros mismos. Hay algunas cosas que ya
sabemos. Hay gente privada de muchas cosas y no por ello pierde la alegría de
vivir. En el otro extremo, aquellos que más tienen no serán más felices por
tener aún más. Al final, todo es una cuestión de actitud. Por eso hay que estar
alerta de nuestros diálogos internos, de lo que nos decimos en nuestras
dialécticas mentales, por la sencilla razón de que están construyendo nuestra
realidad.
Aunque el diálogo es con nosotros mismos,
gran parte de lo que pensamos viene de fuera. Ha sido elaborado por paradigmas
dominantes como la política, la religión, la ciencia o la economía. Muchas
veces ocurre que lo que creemos que necesitamos, tiene su origen en dialécticas
creadas por tales paradigmas: lo que podemos o no podemos (política); lo que
debemos o no debemos (religión); lo que sabemos o no sabemos (ciencia), o lo
que tenemos o no tenemos (economía). Vale la pena escucharnos repetir una y
otra vez “no puedo”, “no debo”, “no sé”, “no tengo”. Es la manera más sutil de
organizar la vida alrededor de lo ajeno, de lo inalcanzable, de lo desposeído o
del peor de los escenarios: la desesperación por tener que convivir con ese yo
atrapado por todo lo que todavía no hemos alcanzado.
¡Feliz tú que huyes a velas desplegadas de
toda clase de cultura! Y eso
empieza por dejarse en paz, liberarse de tanta dialéctica mental y apropiarse
de uno mismo. Dicho de otro modo, amar lo que es propio y no desear lo ajeno.
Ver lo que nos sobra y no lo que nos falta.
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