Autismo: ¿Cómo intervenir en el ámbito social?



El trastorno del espectro autista, o mejor conocido como  autismo, se define como un trastorno neuropsicológico con manifestaciones que abarcan tres principales áreas del desarrollo: alteraciones sociales y afectivas, alteraciones en la conducta lingüística y comunicativa, y la presencia de patrones comportamentales, intereses o actividades restringidas y estereotipadas.

Este trastorno se agrupa dentro de la categoría: trastornos generalizados del desarrollo, incluidos en los de inicio en la infancia, la niñez o la adolescencia. Sin embargo, suele manifestarse los primeros años de vida. En la actualidad, el trastorno autista se describe como un síndrome complejo al cual se le presuponen múltiples causas o factores etiológicos; tiene un variado espectro de manifestaciones que agrupa una amplia colección de síntomas que son raros de observar de forma idéntica en distintos individuos con el mismo diagnostico.

Una de las características del autismo es el fracaso en el desarrollo y el mantenimiento de vínculos sociales. Este fracaso se manifiesta a modo de aislamiento social o conductas sociales inapropiadas. La conducta social y la comunicación social son indicadores de la severidad de los síntomas. Estos niños no suelen establecer relaciones afectivas con sus padres ni con sus cuidadores, tampoco lo buscan. No desarrollan mecanismos de interacción social, prefieren estar solos y separados del grupo. Manifiestan un comportamiento retraído hacia las personas, el entorno y las actividades que se les proponen. Son niños muy independientes que no se interesan por los juegos y juguetes como los demás, en cambio se obsesionan por un juguete u objeto con el que mantienen una relación de tipo simbiótica, repitiendo con él las mismas acciones, e irritándose cuando alguien cambia el ritual.
Los niños autistas no muestran emociones como los demás, no sonríen, no miran al hablarle, no se interesan por los demás, no abrazan ni parecen necesitar ni esperar nada de los adultos y de los otros niños. Desde la primera infancia, muestran evitación a las conductas de acercamiento corporal, con ausencia de respuesta anticipatoria  y permaneciendo rígidos y tensos o, volviéndose flácidos cuando se les coge en brazos o se les acaricia.

En determinadas situaciones pueden interaccionar con los demás, sobre todo cuando necesitan algo, aunque esta interacción no es real pues solo utilizan a la persona para conseguir un determinado fin. Evitan la mirada a la otra persona, tienen incapacidad para establecer lazos de amistad y son indiferentes a los sentimientos, emociones y repuestas de los demás. Manifiestan muy contados intentos por hacer amigos o jugar con sus compañeros, no generan vínculos de complicidad ni afecto con sus hermanos o vecinos. Las claves básicas de empatía están ausentes, junto con la incapacidad de reciprocidad para las relaciones sociales.

En la conducta afectiva y emocional, los niños autistas presentan expresiones emocionales de descontrol y cambio rápido en las emociones, pasando de un estado extremo a otro, sin razón aparente. La expresión de las emociones convencionales, puede verse alterada, de modo que cuando se les elogia lloran y cuando se les castiga ríen. Pasa lo mismo ante el miedo, pueden expresar un intenso pánico ante situaciones que se podrían considerar carentes de esta emoción, y no mostrar miedo a alguna situación real de peligro.

En cuanto a una buena intervención psicoeducativa, el niño con trastorno autista responde muy bien a programas educativos que estén adaptados, estructurados y diseñados, desde la evaluación de las propias capacidades y necesidades del niño. Las intervenciones a largo plazo, no aisladas ni limitadas a periodos breves de tiempo muestran resultados positivos superiores.

El proceso de enseñanza debe atender a la expresión y al modo de su aprendizaje. Deben considerarse todas las manifestaciones que muestran tanto a nivel social, comportamental como comunicativo. El programa de intervención debe tener en cuenta el contexto educativo y social del que forma parte y en el que se desenvuelve. La intervención debe ser individualizada y sin la transferencia de un alumno a otro. La primera infancia es el momento adecuado para comenzar a trabajar con los distintos aprendizajes y poder minimizar el impacto potencial de los síntomas, en el desarrollo posterior del niño.

La aceptación de la familia  es uno de los problemas contra los que se debe luchar ya que, suelen encontrarse reacciones de negación y de ocultamiento frente a la problemática del niño que, si se superan, suponen el inicio de una relación de confianza y de colaboración entre la familia y el equipo de intervención; así se logra generalizar los aprendizajes y los progresos a otros ámbitos ajenos al centro. Existen múltiples experiencias de diversas modalidades de escolarización combinada, es decir intervención en un centro especifico paralelo a la asistencia a un centro ordinario. Esto se debe a que el aprendizaje entre iguales ayuda a alcanzar objetivos más satisfactorios, a medio y largo plazo, en el desarrollo del niño.

La intervención en el área social debe ajustarse a un ambiente con claves que ayuden al niño a regular el tiempo y el espacio, con tres características esenciales: estructuración, previsibilidad y coherencia; cuyo objetivo es mostrar orden en su vida, y forzar y favorecer las interacciones y las competencias sociales.  La estructuración es la disposición y ordenación de espacios y tiempos poco cambiantes, altamente estructurados, con los mínimos estímulos distractores, tanto personales como situacionales. Debe extenderse al hogar y a los entornos cotidianos en los que se desenvuelve el niño. La previsibilidad es definir espacios, tiempos e interacciones personales predecibles para el alumno. El alumno debe ser capaz de predecir y de saber donde debe estar, que debe hacer, que se espera de él, como actuar y que actividad va a realizar después de terminar; en cada momento a lo largo de la jornada escolar. Conocer a las personas con las que va a interactuar. La coherencia señala la valoración de las necesidades y habilidades del alumno, integradas en un plan curricular adaptado y ajustado de trabajo. Además, implica el ajuste de los aprendizajes fuera del centro educativo o sea, la posibilidad de adaptar y transferir a otros entornos, los contenidos del proceso de enseñanza de aprendizaje, con el fin de producir una generalización de los mismos.

Se debe comenzar el proceso de enseñanza-aprendizaje con actividades y tareas altamente motivantes para el niño, cercanas a sus rituales y estereotipadas, que se utilizaran para mantener y dirigir su motivación y capacidad atencional. Estas actividades deben dejar paso a otras actividades y contenidos más estructurados, y en la línea de los objetivos planteados.

Por último, se mencionan algunas herramientas que pueden ser útiles en la intervención del aprendizaje del niño, tales como: agendas personales; pictogramas para la realización y seguimiento de tareas y acontecimientos sociales; horarios gráficos; agendas graficas; y el juego. Esta última es la herramienta más útil en cualquier intervención educativa con el  niño.



López, S. & Álvarez, C. (2008). La Conducta Socio-Afectiva en el Trastorno Autista: Descripción e Intervención Psicoeducativa. Revista Pensamiento Psicológico. Vol.4 no. 10. Pp. 111-121.

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